viernes, 30 de julio de 2010
SECRETO
Es más, aseguro que hay más personajes que personas, que gente. Sé que les parecerá una exageración, pero no… es así… tal cual. Pues resulta que el cabeza e puerco es el mismo mosquito rinconero¸ y uno y otro remoquete son perfectamente justos, porque este Jairo al que nadie conoce como Jairo, uno lo ve y sabe por qué cabezaepuerco y cuando lo escucha con su chillona voz, le queda claro por qué mosquito rinconero.
Y Jairo no es el único que tiene un buen par de sobrenombres; quizás el record guiness del pueblo lo tiene Cuto, del que ni la mamá recuerda el nombre de pila. Este tipo tiene un apodo para cada situación: el doctor guama por su carro verde, su vestido blanco y su piel negra; el lucero espiritual, porque nadie sabía dónde se escondía en las noches; el gato volador por la supuesta relación con la mujer del cachaco de la tienda que lo hacía volarse más de una paredilla; supermán¸ porque siempre estaba con el mismo disfraz. Y estaban los conocidos de todos: hierrito, iguanocabezón, el toyo, muelaecaimán, sabañón, calila, caredeo, peloerata, entre otros.
Y de todos los que puedo invitar a este espacio, escojo como personaje de hoy, a un tipo, camba muchachos, que es impresionante. Secreto, le decían. Era un tipo más bien bajito que siempre veía todo como si viviera en una azotea eternizada.
Nadie sabe cómo hacía, exactamente, pero conocía el más escondido secreto del pueblo, que ya dejaba serlo cuando él lo descubría. Aunque sospechamos que su éxito como insigne heraldo de la vida ajena, estaba en sus dos movimientos diarios: la recolección y la dispersión de la información.
En la mañana sabía dónde ponían las garzas y se iba tempranito a la inspección de policía. Ahí llegaban calientes los primeros chismes de peleas y demandas del día anterior. Una delicia para todo chismoso. Con ese placer extra de ser testigo ocular de viejas desgañitadas gritándose la vida subterránea de sus familias hasta la cuarta generación.
Después iba a la peluquería de Juancho Cayuco, otro sitio paradisíaco para el curioso -porque él decía que no era chismoso sino curioso- ahí llegaban los chismosos de élite al trueque de cuentos y datos. También acontecía que algún incauto se atrevía a abrir la boca para contar sus penurias mientras el oído mágico de Secreto se hacía el desentendido. Pero, qué va, todos sabíamos de su extraordinario talento para hacerse el loco, o el ocupado, pero con el rabito de la oreja retenía todo que estaba diciendo.
Luego, en la tarde, se iba a sentar en la esquina del sindicato. Ahí era el héroe y el dueño de todo. Ponía esa cara de sonrisa pícara y mirada rebuscona cuando tenía una bomba, esa salía después de que le mandaran alguna cerveza fría. Ah, preguntar costaba, el que pretendiera un chisme personalizado, debía pagar desde 500 hasta 5000 pesos, dependiendo de la gravedad del asunto o el detalle de la información.
Cuando terminaba de atender en la esquina, se iba a leer revistas al salón de belleza; era una peluquería de señoras, pero la que atendía tenía más pinta de macho que Juancho Cayuco. Sin embargo siempre estaba llena de viejas de la alta sociedad del pueblo. Había que verlas mirando por la ventana en el desespero porque no aparecía Secreto. Hasta que él llegaba y comenzaba una especie de guerra fría, él a quedarse callado ojeando las mismas revistas de tres años atrás, ellas a desentenderse de él entre jalones de pelo y gorros plásticos. Hasta que se paraba Secreto y decía: “me voy, hombe, aquí no brindan ná, ni pa que uno hable con tanto chisme bueno que hay…”. Y alguna caía en la trampa: “ay, niño, pide lo que quieras y habla que hace calor y esto se demora”.
Las viejas y los esquineros reproducían y alargaban lo dicho por Secreto, lo daban por cierto, lo creían, lo garantizaban. Le escuché una frase a la gorda de la peluquería: “mira, si lo dijo Secreto es verdá, yo le creo a él más que a Marcos Pérez, podrá ser chismoso pero inventor no é”.
Una vez estuvimos haciendo un maratón de chismes, yo había apostado con mis primos que Secreto podía hablar más de 4 horas de chismes sin repetir personajes o datos… me quedé corto, apenas sintió la primera fría en la mano, soltó una retahíla interminable en la que nos enteramos de vainas que jamás hubiéramos imaginado. Que con quién se acostaba la mamá del tendero, que quién había pagado la hipoteca de la viuda Suárez, que por qué se escondía en las noches Cuto, que quién se estaba robando la plata del puesto de salud, que a quién le giró el cheque para comprar los votos el alcalde actual, que de quién la hija blanca del negro Ruíz…
Eso sí, que quede claro, Secreto se repetía, quizás en lo único era en su frase final: “ojo, bellacos, que esta vaina es secreto y no se la vayan a contá a nadien”.
lunes, 19 de julio de 2010
OTRO MUNDIAL
Ahí estaba su vieja llorando frente a un improvisado altar, t{ipico de los velorios de aquel entonces en el que la gente iba durante nueve noches seguidas a la casa del "dijunto", como decía mi abuelo, a tertuliar sobre la vida del muerto, en una especie de homenaje póstumo que rescataba entre sonrisas los jirones de existencia que arranca la muerte. Frente a la mesa vieja, de patas turbias y rústicas, habían puesto un mantel blanco que prestó el cachaco de la tienda, unas flores silvestres que arrancaron del jardín de la casa de "los calentaos", que ellos eran los hacendados del pueblo y billete había pa eso... pero comprar flores era demasiado caro y misia Justa, no tenía plata pa esas cosas. ¡Qué plata iba a habé, hombe -gritó Olegario- si estaban haciendo una vaca -como decimos a las recolectas- para cuando apareciera el muerto hubiera un cajón -así al ataud- en el que enterrarlo. Y en ese altar, una foto del muerto, cuando no estaba muerto, sino que estaba vivo abrazando a uno de sus amigotes en una rasca que se pegaron en el kiosko de la plaza; ¡y tocó poner esa foto, porque la gente se muere cuando uno no está preparado y ni una foto decente tiene pa poner en el altar! decía misía Justa. Y ahí estaban las mismas viejas rezanderas de siempre, que rezaban el rosario entre gritos de "shiooo... espanta la gallina esa que se caga la silla que es prestá" y que lloraban a gritos desgarradores "¡ayyyyy, si esto no es dolor que me digan que é!" y recomponían la voz para preguntar "mija, ya le diste chocolate a la señora Tulia, mira que después sale hablando de aquí"... y seguían con su llanto "ayyyyy... ".
Pues en eso estábamos todos, reescribiendo el anecdotario en el que se transforma la vida cuando uno se muere. Y contando el día que se sintió acusado injustamente por robarse las ventanas de la construcción de "La Urbanización" cuando El Papi, otro del que hablaré después, fue a su casa a preguntarle que si le vendía una ventana de alumnio a buen precio; a lo que respondío tajantemente que nunca había hecho tal cosa y que respetara; pero después preguntó que de qué grande la quería y pa cuándo.
Estábamos hasta que apareció el muerto, pero no vino con los pies por delante como se esperaba, sino por delante iba media -de media de media- qdel mal aguardiente que le quedaba y cayó de sus manos cuando vio las fatídicas bancas marrones de Sojumar que sólo salen para apostarse lúgubremente cuando hay un muerto en el pueblo, en cuya casa improvisan un escenario fúnebre. Este hombre gritó: ¡carajo, se murió mi mae... y yo borracho! Y corrió a la sala esperando ver el cadaver de su amada madre; pero lo que encontró fue viejas rezanderas que se pararon como volandor sin palo y volaron cercas con palos con la facilidad de adolescentes. Los que corrimos hacia la casa fuimos nosotros, los que estábamos fuera en las bancas de Sojumar.. por cierto, nunca supe en que quedó una anécdota del personaje en la que estaba tumbando un poste para sacarle las varillas y vendérselas a Pompilio que se dedicaba a la compra y venta de chatarra, la vaina iba en que llegó la policía y nuestro amigo estaba mona en mano, pero eso se embolató cuando el muerto entro vivo y corriendo... Y ahí llegamos, la vieja estaba prendida del hijo, las rezanderas desperdigadas cuadras a la redonda, sólo quedó la gorda justina que no pudo volarse la cerca y se metió en la alberca prendida del rosario a gritos de padrenuestros alrevés, dos horas y media convenciéndola y tres más sacándola estuvimos esa noche asomados en la alberca. Bueno, los que nos quedamos, los otros se fueron con Mundial, como quedó bautizado el personaje, rumbo a la plaza entre vítores y vivas por el héroe resucitado. Hasta que, al siguiente día, volvió a ser tan normal y cotidiano como el enjambre de personajes que habitan mi pueblo.
jueves, 15 de julio de 2010
Historias de locura
Hace poco, un amigo, sabio y prudente comentarista de fútbol, me hizo recordar que aquí me muevo y existo, en este paraíso de excentricidades y acontecimientos únicos.
Mi amigo, hombre mesurado y tranquilo regularmente; anudó el hoy con un personaje de mi infancia. Ella, Eneida, una enorme morena tan excéntrica como el caribe todo. Una que nos invitaba a su casa para mostrar su alcurnia, su prospera situación y su prestigio de magnífica anfitriona. Y es que no era para menos, Eneida era dueña del único Betamax de la cuadra, quizás del pueblo, esa fabulosa máquina de convertir la casa en un cine! Y allí, crispetas hechas de millo en mano, ponía las películas de acción que le daba la gana que viéramos, siempre de Bruce Lee, Jackie Chan y los clásicos de Charles Bronson.
En la sala, nosotros, perfectamente advertidos: "pelaos de carajo, cuidao me van a dañá algo porque los echo y no vienen más a ver cine aquí"; nos reuníamos todos los chicos del barrio.
El único adulto invitado a la cita era ella; sentada en su poltrona de mimbre dirigía todo, desde dónde nos sentábamos ubicados segun su gusto... hasta cuándo debíamos hundir el botoncito de play, privilegio que ganábamos después de hacerle los mandados que necesitaba. Había que ver que se sudaba para ganar ese derecho.
Pero lo más divertido de este encuentro para mí, no eran los chistes previos de los que se encargaba el Pollo Altahona, ni los chismes con los que algunos se ganaban la entrada, ni la película misma alquilada en el chuzo de Chago que las traía de contrabando con pésima imagen. Lo divertido era ver a Eneida gritarle al "chacho" (así llamábamos al protagonista) lo que iba a suceder: "oye, niño, pila que te tan esperando"... "ay, mi mae, voltea, voltea que te matan mejoñe"... "atrás de ti, atrás de ti"... Eso sí que era divertido, esos gritos que pegaba y la consabida gesticulación. Ni se imaginan cómo saltaba de la poltrona de mimbre, sacudía los pies, pegaba palmadas, metía gritos... y si estaba alguno al alcance de su mano le pegaba su remezón.
Pues mi amigo, Javier Castell, me hizo recordar a Eneida en el partido de la semifinal del Mundial 2010 entre España y Alemania. Gesticulaba en estado de alboroto emocional, gritaba al televisor dándole indicaciones sobre los movimientos que debían hacer los jugadores españoles, que ¡cómo no! obedecían al instante sus advertencias y propuestas futbolísticas... y es que daba gusto oírlo gritan: "te cojen", "abre, abre", y lo mejor, chiflarle al español cuando un jugador alemán caía a sus espaldas.
El profesor Castell mostró una cara humana, muy humana, tanto que mostró que uno puede abdicar de la inteligencia y la brillantez para convertirse en un tipo que le grita al televisor
martes, 6 de julio de 2010
La semana pasada me mandé un artículo ¨distinto¨. Una mezcla de ironía y justificaciones filosóficas para dar razón de mi hinchada, harto conocida, por Argentina en el mundial y algunas burlillas que se habían hecho al respecto de ella. Hoy, esta hinchada me ha significado algunas burlas y demás comentarios satíricos, luego de la eliminación humillante a manos de los teutones por cuatro goles a cero. Muchos sentían mi gusto por esta selección como una especie de ofensa personal; como si fuese un pecado terrible. La justificación general: ellos son prepotentes, "alzados", agrandados, soberbios, etc. "Ellos", los argentinos, se creen mejores que todos, hablan mucho, son orgullosos, etc. Y entre tanta etcétera, creo que el sentimiento general está comprendido. Sin embargo, yo quisiera que pensáramos algunas cosas, y ya no al respecto de este caso puntual, sobre las visiones de los demás que tenemos.
1. Generalizaciones. Seguramente algunos argentinos son agrandados, soberbios, orgullosos o se creerás más que todos; es cierto. Pero no son todos, no pueden ser todos. Y con uno de ellos, entre millones, que no lo sea, entonces ya no se puede decir que son "todos". Pilas, porque las generalizaciones son terribles, le restan crédito a nuestros argumentos y nos llevan a juzgar mal a los otros. Esas dos palabritas "nunca" y "siempre", regularmente no calzan con la realidad. No todas las mujeres son malas conductoras, ni todos los hombres machistas, ni todos los costeños mal vestidos, ni todos los argentinos agrandados.
2. Odios sin razones de peso. El desconocimiento del otro, las suposiciones, las oidas, los comentarios que tomamos por ciertos, etc. Nos llevan a creer que vale la pena odiar a otros, sin siquiera conocerlos, sin tener razones válidas. Y la gente se radicaliza tanto en su odio, que pierde cualquier posibilidad de ver la realidad de un modo distinto, porque están enfocados en resaltar lo malo sin reconocerle nada al odiado. Una verdad: hasta los enemigos tienen bondades. Otra: cuando me vuelvo enemigo, me vuelvo poco inteligente.
3. Alegría por el dolor ajeno. Creo que aquí hay una muestra suficientemente fuerte para saber cómo está mi corazón, en qué tipo de persona me he dejado convertir por mi lógica de odio. Deshumanizar mi ser no puede ser algo tolerable para mí, eso no debería ser negociable.
4. Incapacidad de aceptación. El mundo, la gente, la vida, las relaciones, nada es como yo lo quisiera al 100%, no existe una realidad perfecta que pueda fabricar de mi capricho y se cumpla tal cual. Los otros tienen gustos diferentes a los míos y eso no tendría por qué afectarme u ofenderme. Los demás tienen deseos que no son los míos y eso no significa que me desprecien o me valoren poco; simplemente son distintos y tienen derecho a serlo; es más, es una delicia que lo sean.
Podríamos seguir enumerando infinitamente actitudes equivocadas y contraproducentes contra mi propia felicidad. Pero me gustaría que tuvieras esta cuatro para reflexionarlas un poco. Un abrazo enorme.
Hollman Javier