Estábamos jugando a cabecita en la amplia terraza de pisos brillantes y grandes ventanales de fondo que la hacían ver más alta y amplia de lo que era en realidad. Esas enormes partidas de dos goles en las que no se ganaba más que la honra de ser champion gol. Todo un espectáculo en el que pululaban peleas, gritos, burlas y los chistes del Pollo contra aquel que se dejaba sacar. Jugábamos pared contra pared defendiendo dos metros y treinta de alto por otros dos de ancho. Sin embargo ese espacio entre suelo y techo era demasiado para Pipilón el que organizaba todo, recogía la plata pal guarapo y los panes, conseguía la bola de caucho y recordaba la cita. Con su metro veinte y fama de buen cabeceador, no se le podía dar el saque porque te liquidaba; pero que no resistía el primer globito de más de uno cincuenta porque ni montándose en un banco. Cuando se veía perdido, después de un par de cabezazos contrarios pegaditos al techo, soltaba su frase de combate: ¡siempre la misma jugada, no hay talento como tampoco altura… qué barro!
Y en esas estábamos cuando otro famoso peque pasó por ahí. Era Pedro Pablo Pérez Páez. Ese pintoresco personaje porteño. Su paso acabó el juego más rápido que la frase: “viene Julio”. Con esa información de que se acercaba mi papá, era mágica, un abracadabra que desaparacía a cabeceadores furtivos. Y era que mi papá no sólo alineaba a su hijo; sino que como todo tío y vecino cercano, tenía licencia para boliar chancleta sin mayores justificaciones. Joda, y lo peor es que después de pegarle un cocotazo a cualquier pelao que cogieran mal parqueao, esta confederación de adultos tenía por costumbre ir de casa en casa a poner las quejas pa que lo volvieran a juetiar a uno. Pero ese día no era el viejo Julio el que venía. No era el miedo a la limpia el que acabó el juego. Era Pedro Pablo.
Todos salimos embalaos a verlo pasar como si fuese algo nunca antes visto, o algo que le gusta ver tanto como un gol de Colombia en un mundial. Y pasaba él, con su donaire, su pañuelo en la camisa, su pecho mitad desnudo para que se le vieran los sensuales tres pelos que ahí tenía, en la boca su pipa estilo Sherlok Holmes que nunca encendía… y es que este man era todo un artista… Un bucle a lo Jhon Travolta, un caminao tipo Pedro Navaja, un swing como el que no es médico, ni abogado, ni ingeniero… Y su nariz respingada que le daba para decir que sus Pérez eran judíos y no de Tubará como los de poca alcurnia, su pantalón ancho, sus camisas de estampados llenos de colores y su correa delgaditica como las que usaba la Madama, o por lo menos muy parecida. Y ahí iba surcando nuestras miradas con sus nalguitas apretás y su barbilla llegándole a los ojos.
El rito era el mismo. Lo sabíamos como si lo hubiésemos ensayado por generaciones. Se repetía en cada esquina habitada por más de tres, es decir, en todas las del pueblo. La cosa era así: Pedro pasaba y todos le observábamos atentos, atónitos, con verdadero asombro. Como cuando aparecía el Nojoda, ese bus interminable que gastaba tres minutos frente a tus ojos desde el taburete del chofer a la banca de los músicos… a Pedro Pablo, como al Nojoda se veía como es debido: con la boca abierta, sí, señores. Y él se las creía. Juraba que era importante para todos sentarse a verlo pasar como al Nojoda, como a un orgullo porteño. Llevaba 40 años en esas y todavía tomaba como cierta la fingida admiración. Me imagino que tenía la esperanza frustrada de que no soltaran una carcajada estruendosa al alejarse y comenzara ese coro al perfecto unísono: ¡¡¡Pedro Pablo Pérez Páez, pequeño pintor porteño pinta porquerías para Puerto!!!
Y después de eso… ¡paticas pa qué te tengo! Tocaba acelerar más que Cuto cuando llegaba el cachaco. Pedro Pablo parecía pilosa pantera pa piedras tirar. Eso no quedaba nadie en cuestión de segundos. Cuando Pedro quería llegar a la esquina estaba solo con su soledad. Lo que no sabía era que la razón de tan fugaz desaparición era que todos nos metíamos en mi casa mientras lo veíamos corriendo la cortina de mi cuarto mientras sonaban esos carraspeos de garganta en los que se convierten las risas aguantadas que más risa dan. El pequeño pintor porteño, piedra pegada a la mano, gritaba: -“pelaos de chorizo, insectos, bacterias, sean varones y den la cara”. Más risa, más diversión.
Cuando se medio calmaba, daba tres vueltas en la esquina, tiraba las piedras contra el suelo con la misma promesa: -“¡juemadres, el día que los coja van a ver, van a ver!” No había terminado de cruzar, cuando todos salíamos a repetir la gracia. Y Pedro Pablo duraba más tiempo encendido en la esquina, los gritos más fuertes, las trompadas al aire, los madrazos, la impotencia. Por cierto, nunca faltaba el que pasara por ahí y se tomara el tiempo necesario para carbonearlo. Dentro de mi casa la fiesta era mayor, nos arrastrábamos de la risa, mientras el desgraciao de Pipilón aprovechaba pa robarse los bolis de coco que mi mamá me hacía para merendar por las tardes.
La regla decía que esa repelencia podíamos hacerla como máximo tres veces. Porque después era peligroso y, por más huevón que fuese Pedro, tampoco había que abusar. Convinimos que esta vez, nada de tercera, porque el Pollo no había podido aguantar la risa, todos nos fuimos de carcajadas y Pedro se dio cuenta de la jugada, dando brincos se asomaba por las ventanas tratando de ver qué era ese ruido estruendoso.
Pero el Pipilón, tan ocupado como andaba metiéndose un boli en las chilangas para comérslo después; ni se percató de que nos quedamos dentro y salió corriendo solo pa la esquina y gritó: Pedro Paaaa…. Hasta ahí llegó…. porque recibió un recto de derecha en la mandíbula con todo y piedra en mano que lo dejó know out por cinco minutos. Mientras gritaba su heroísmo el pequeño pintor porteño: -“cojan, nojoda, y que salgan los otros cincuenta que me los recibo de a cinco”. Eso sí, la próxima pasada por la esquina del pintor, todos serios, nadie gritó al verlo pasar, no se escuchó la conocida frase: “Pedro Pablo Pérez Páez pequeño pintor porteño pinta porquerías para Puerto…”.Lo que sí sucedió… fue que al terminar de pasar, se escuchó: Pedro pablo Pérez Páez pequeño peleador porteño pega poderosos puños… pobre Pipilón!!!
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