Murió hace cuatro años, pero hace poco lo vi caminando las calles de Puerto Colombia. Es, sin duda, uno de los personajes que dan un color distinto a los amarillos atardeceres de muelle. Camina como el bamboleo de las olas, como sin sentido, como sin rumbo, como sin ganas. Vestido siempre de blanco hasta los zapatos y con un cigarrillo siempre encendido entre dientes. El pelo descuidado con ese color ardilla de los que dejan que el sol, inclemente como es, les tueste sin inmutarse mientras fijan sus ojos en la nada de un mar sucio y agitado tratando de que algún incauto pez cambie su nombre por pescado. La piel tostada, escamosa, prieta. Pero con una sonrisa siempre abierta, sincera. Claro, el día que más abierta y sincera la vi aquel mes de agosto, hace más o menos mil cuatrocientos sesenta días. Lo pasearon en hombros desde su casa, ahí en toda la punta de la vuelta del oso hasta dejarlo con vítores y aplausos en la plaza con una media de media pagada por los asistentes. Ah, el oso, ese otro personaje que le dio nombre a la curva que abre la entrada al pueblo, del que algún otro día les contaré.
Ahí estaba su vieja llorando frente a un improvisado altar, t{ipico de los velorios de aquel entonces en el que la gente iba durante nueve noches seguidas a la casa del "dijunto", como decía mi abuelo, a tertuliar sobre la vida del muerto, en una especie de homenaje póstumo que rescataba entre sonrisas los jirones de existencia que arranca la muerte. Frente a la mesa vieja, de patas turbias y rústicas, habían puesto un mantel blanco que prestó el cachaco de la tienda, unas flores silvestres que arrancaron del jardín de la casa de "los calentaos", que ellos eran los hacendados del pueblo y billete había pa eso... pero comprar flores era demasiado caro y misia Justa, no tenía plata pa esas cosas. ¡Qué plata iba a habé, hombe -gritó Olegario- si estaban haciendo una vaca -como decimos a las recolectas- para cuando apareciera el muerto hubiera un cajón -así al ataud- en el que enterrarlo. Y en ese altar, una foto del muerto, cuando no estaba muerto, sino que estaba vivo abrazando a uno de sus amigotes en una rasca que se pegaron en el kiosko de la plaza; ¡y tocó poner esa foto, porque la gente se muere cuando uno no está preparado y ni una foto decente tiene pa poner en el altar! decía misía Justa. Y ahí estaban las mismas viejas rezanderas de siempre, que rezaban el rosario entre gritos de "shiooo... espanta la gallina esa que se caga la silla que es prestá" y que lloraban a gritos desgarradores "¡ayyyyy, si esto no es dolor que me digan que é!" y recomponían la voz para preguntar "mija, ya le diste chocolate a la señora Tulia, mira que después sale hablando de aquí"... y seguían con su llanto "ayyyyy... ".
Pues en eso estábamos todos, reescribiendo el anecdotario en el que se transforma la vida cuando uno se muere. Y contando el día que se sintió acusado injustamente por robarse las ventanas de la construcción de "La Urbanización" cuando El Papi, otro del que hablaré después, fue a su casa a preguntarle que si le vendía una ventana de alumnio a buen precio; a lo que respondío tajantemente que nunca había hecho tal cosa y que respetara; pero después preguntó que de qué grande la quería y pa cuándo.
Estábamos hasta que apareció el muerto, pero no vino con los pies por delante como se esperaba, sino por delante iba media -de media de media- qdel mal aguardiente que le quedaba y cayó de sus manos cuando vio las fatídicas bancas marrones de Sojumar que sólo salen para apostarse lúgubremente cuando hay un muerto en el pueblo, en cuya casa improvisan un escenario fúnebre. Este hombre gritó: ¡carajo, se murió mi mae... y yo borracho! Y corrió a la sala esperando ver el cadaver de su amada madre; pero lo que encontró fue viejas rezanderas que se pararon como volandor sin palo y volaron cercas con palos con la facilidad de adolescentes. Los que corrimos hacia la casa fuimos nosotros, los que estábamos fuera en las bancas de Sojumar.. por cierto, nunca supe en que quedó una anécdota del personaje en la que estaba tumbando un poste para sacarle las varillas y vendérselas a Pompilio que se dedicaba a la compra y venta de chatarra, la vaina iba en que llegó la policía y nuestro amigo estaba mona en mano, pero eso se embolató cuando el muerto entro vivo y corriendo... Y ahí llegamos, la vieja estaba prendida del hijo, las rezanderas desperdigadas cuadras a la redonda, sólo quedó la gorda justina que no pudo volarse la cerca y se metió en la alberca prendida del rosario a gritos de padrenuestros alrevés, dos horas y media convenciéndola y tres más sacándola estuvimos esa noche asomados en la alberca. Bueno, los que nos quedamos, los otros se fueron con Mundial, como quedó bautizado el personaje, rumbo a la plaza entre vítores y vivas por el héroe resucitado. Hasta que, al siguiente día, volvió a ser tan normal y cotidiano como el enjambre de personajes que habitan mi pueblo.
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