Estamos envueltos por la magia de nuestro caribe. Es una delicia vivir aquí. La asombrosa cotidianidad de este lugar tiene un halo especial. Esta tierra pare historias día tras día. Aquí levantas una piedra y aparece un relato sorprendente. En este universo no es noticia ver un aguacero de julio, ni en él a tres tipos montados en una moto mientras van resguardándose de la lluvia paraguas en mano surcando veloces la distancia entre el billar y sus casas.
Hace poco, un amigo, sabio y prudente comentarista de fútbol, me hizo recordar que aquí me muevo y existo, en este paraíso de excentricidades y acontecimientos únicos.
Mi amigo, hombre mesurado y tranquilo regularmente; anudó el hoy con un personaje de mi infancia. Ella, Eneida, una enorme morena tan excéntrica como el caribe todo. Una que nos invitaba a su casa para mostrar su alcurnia, su prospera situación y su prestigio de magnífica anfitriona. Y es que no era para menos, Eneida era dueña del único Betamax de la cuadra, quizás del pueblo, esa fabulosa máquina de convertir la casa en un cine! Y allí, crispetas hechas de millo en mano, ponía las películas de acción que le daba la gana que viéramos, siempre de Bruce Lee, Jackie Chan y los clásicos de Charles Bronson.
En la sala, nosotros, perfectamente advertidos: "pelaos de carajo, cuidao me van a dañá algo porque los echo y no vienen más a ver cine aquí"; nos reuníamos todos los chicos del barrio.
El único adulto invitado a la cita era ella; sentada en su poltrona de mimbre dirigía todo, desde dónde nos sentábamos ubicados segun su gusto... hasta cuándo debíamos hundir el botoncito de play, privilegio que ganábamos después de hacerle los mandados que necesitaba. Había que ver que se sudaba para ganar ese derecho.
Pero lo más divertido de este encuentro para mí, no eran los chistes previos de los que se encargaba el Pollo Altahona, ni los chismes con los que algunos se ganaban la entrada, ni la película misma alquilada en el chuzo de Chago que las traía de contrabando con pésima imagen. Lo divertido era ver a Eneida gritarle al "chacho" (así llamábamos al protagonista) lo que iba a suceder: "oye, niño, pila que te tan esperando"... "ay, mi mae, voltea, voltea que te matan mejoñe"... "atrás de ti, atrás de ti"... Eso sí que era divertido, esos gritos que pegaba y la consabida gesticulación. Ni se imaginan cómo saltaba de la poltrona de mimbre, sacudía los pies, pegaba palmadas, metía gritos... y si estaba alguno al alcance de su mano le pegaba su remezón.
Pues mi amigo, Javier Castell, me hizo recordar a Eneida en el partido de la semifinal del Mundial 2010 entre España y Alemania. Gesticulaba en estado de alboroto emocional, gritaba al televisor dándole indicaciones sobre los movimientos que debían hacer los jugadores españoles, que ¡cómo no! obedecían al instante sus advertencias y propuestas futbolísticas... y es que daba gusto oírlo gritan: "te cojen", "abre, abre", y lo mejor, chiflarle al español cuando un jugador alemán caía a sus espaldas.
El profesor Castell mostró una cara humana, muy humana, tanto que mostró que uno puede abdicar de la inteligencia y la brillantez para convertirse en un tipo que le grita al televisor
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