Por ahí un amigo, de esos que escribe y habla, de aquello que escriben y hablan los parroquianos en los estertores del domingo y las parroquianas al fragor de esa tarea doméstica de apacentar los polvorines y los basurales que se suelen comfabular frente a sus amplias casas. Conocedor de los mundillos futbolísticos y versado en temáticas, tácticas y anéctodas del mundo redonde detrás de la redonda número 5; pero con obvias y groseras falencias en lo que concierne a debates filosóficos sobre la sociedad o, bien podrían ser, sobre debates sociales acerca de la filosofía, en un mundo en el que cabe la complejidad que nos señalo Edgar Morin.
Este amigo del que les hablo, ocupado como estaba aprendiendo el nuevo arte de realizar crónicas de viaje para un periódico de la ciudad; que, al parecer, le mandó realizar este trabajo. Cosa inentendible porque el tipo sabe de fútbol, pero vaya usted a saber las intrínsecas motivaciones que hubo, contra todo pronóstico, sacrificó su gusto por ese juego de once contra once, abdicando en su análisis del conocido balón, por intentar la creación de bellos y costumbristas relatos sobre la idiosincrasia y las traidiciones orales, escritas y culturales del país más occidental del Africa en lo cultural.
A este amigo, al que no se le cocinan las ideas sobre globolocalización, integración, aldeas globales, fragmentación de la realidad, tradición de la ruptura , pensamiento débil, transcultura y demás; hay que atenuar, sin que sea mortal culpa de nuestro hombre en mención, que no tiene idea que el Dasein no es jugador del Ajax del 98, sino un concepto heideggeriano sobre el que harto se ha discutido y podría iluminarle en posteriores discertaciones sobre el ser y el estar de los individuos en la cultura. Y es que no es de mala leche que este hombre no ha podido comprender que vivimos en un mundo donde el simplismo ya no cabe pues sus interpretaciones de la realidad son tan inocentes que aburrirían en Cartoon Network.
Mi amigo, no ha tenido tiempo de pensar en que su estructura de pensamiento posee una marcada tendencia premoderna en la que era imposible vivir fuera de los límites del mundillo delimitado por las pisadas y los olores. Universo chico el que los hombres estaban atrapados sin remedio en un universo plano y sin la simultaneidad del ser y del estar que causan la televisión y la internet.
Mas hoy esto no acontece, pues vivimos con nuevos paradigmas que revolucionaron abruptamente, las maneras de producir, interpretar y asimilar el conocimiento. Aclaro que todo esto sin que mi amigo se haya enterado, fue a sus espaldas.
Y eso se le debe perdonar, a este amigo mío, porque no debemos caer en la tentación, en la exageración, de exigirle a todo el mundo que sea capaz de pensar en lo que piensa (Kant) – es decir, que se haga sujeto y objeto del propio análisis crítico-, ni tampoco que haga el ejercicio de descubrir los intereses (Habermas)detrás de lo que piensa y lo que dice.
Pero esta anacrónica postura de mi amigo, me hizo recordar una discusión de un paisano, que arengaba diciendo que nuestra educación no servía para nada –cosa que no entro a discutir- porque él había aprendido matemáticas bien aprendidas, y es que le tocó aprender a contar con granos de maíz y ahora sabe sacar cuentas perfectamente, sin tener que recurrir a la calculadora, pero “estos pelaos”, así decía, sin ese aparato no pueden saber cuánto es 14 más 47. Sólo le pregunté si sabía googlear información y me dijo que ¿qué era eso? No se dio cuenta de la ironía, como suele suceder, y siguió arengando sus trovas de que todo tiempo pasado fue mejor; mientras seguía avanzando el mundo del internet, de la virtualidad, de los centros comerciales y la unidad cultural, seguimos viviendo en la sociedad de lo inmediato y En esta sociedad de las telecomunicaciones que hace de la información un hecho distinto… estoy seguro que el analfabeto de los granos de maíz, sufre un poco más, que el esclavo de la calculadora.
En este estadio del desarrollo humano, tanto en tecnologías como en percepciones del ser y el actuar de los sujetos y sus intereacciones, pretender que existan fronteras obtusas es igual a imaginar a mis hijos aprendiendo a contar con maices. Y que pueda ver partidos del Real Madrid desde mi casa, en alta definición y sin perderme ninguno, sin que asista al estadio no me hace menos seguidor del equipo que aquel que estando en la misma ciudad oye por radio los partidos –en muy mediocres medios, por cierto, salvo alguno por ahí- y los ve cuando son trasmitidos por cables locales. Ah, ya me imagino el argumento en contra, ese que es incapaz de entender que me puede gustar un equipo y no las multitudes agolpadas alrededor de una cancha y que eso me desmerece como hincha. También soy consciente de la creatividad del argumento poco profundo. Lo cierto es que hoy se puede estar sin estar, ser de aquí y de allá, enterarme de lo que sucede del otro lado del planeta y vivir con pasión un partido que se juega a miles de kilómetros.
Señor Gabriel, le presento al fenómeno de la globalización, mucho gusto.
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