lunes 9 de agosto de 2010

SONETOS DE PÉ A PÁ

Era una tarde de viernes y como todas las tardes de viernes, la peladera en pleno estaba en la esquina caliente de mi casa. Mi papá tenía en aquel entonces una licorería en la plaza del pueblo y ese era el día de surtir temprano, porque en la noche llegarían los prospectos de borrachos que horas después no podrían subir las lomas empinadas en las que sus casas descansaban.

Estábamos jugando a cabecita en la amplia terraza de pisos brillantes y grandes ventanales de fondo que la hacían ver más alta y amplia de lo que era en realidad. Esas enormes partidas de dos goles en las que no se ganaba más que la honra de ser champion gol. Todo un espectáculo en el que pululaban peleas, gritos, burlas y los chistes del Pollo contra aquel que se dejaba sacar. Jugábamos pared contra pared defendiendo dos metros y treinta de alto por otros dos de ancho. Sin embargo ese espacio entre suelo y techo era demasiado para Pipilón el que organizaba todo, recogía la plata pal guarapo y los panes, conseguía la bola de caucho y recordaba la cita. Con su metro veinte y fama de buen cabeceador, no se le podía dar el saque porque te liquidaba; pero que no resistía el primer globito de más de uno cincuenta porque ni montándose en un banco. Cuando se veía perdido, después de un par de cabezazos contrarios pegaditos al techo, soltaba su frase de combate: ¡siempre la misma jugada, no hay talento como tampoco altura… qué barro!

Y en esas estábamos cuando otro famoso peque pasó por ahí. Era Pedro Pablo Pérez Páez. Ese pintoresco personaje porteño. Su paso acabó el juego más rápido que la frase: “viene Julio”. Con esa información de que se acercaba mi papá, era mágica, un abracadabra que desaparacía a cabeceadores furtivos. Y era que mi papá no sólo alineaba a su hijo; sino que como todo tío y vecino cercano, tenía licencia para boliar chancleta sin mayores justificaciones. Joda, y lo peor es que después de pegarle un cocotazo a cualquier pelao que cogieran mal parqueao, esta confederación de adultos tenía por costumbre ir de casa en casa a poner las quejas pa que lo volvieran a juetiar a uno. Pero ese día no era el viejo Julio el que venía. No era el miedo a la limpia el que acabó el juego. Era Pedro Pablo.

Todos salimos embalaos a verlo pasar como si fuese algo nunca antes visto, o algo que le gusta ver tanto como un gol de Colombia en un mundial. Y pasaba él, con su donaire, su pañuelo en la camisa, su pecho mitad desnudo para que se le vieran los sensuales tres pelos que ahí tenía, en la boca su pipa estilo Sherlok Holmes que nunca encendía… y es que este man era todo un artista… Un bucle a lo Jhon Travolta, un caminao tipo Pedro Navaja, un swing como el que no es médico, ni abogado, ni ingeniero… Y su nariz respingada que le daba para decir que sus Pérez eran judíos y no de Tubará como los de poca alcurnia, su pantalón ancho, sus camisas de estampados llenos de colores y su correa delgaditica como las que usaba la Madama, o por lo menos muy parecida. Y ahí iba surcando nuestras miradas con sus nalguitas apretás y su barbilla llegándole a los ojos.

El rito era el mismo. Lo sabíamos como si lo hubiésemos ensayado por generaciones. Se repetía en cada esquina habitada por más de tres, es decir, en todas las del pueblo. La cosa era así: Pedro pasaba y todos le observábamos atentos, atónitos, con verdadero asombro. Como cuando aparecía el Nojoda, ese bus interminable que gastaba tres minutos frente a tus ojos desde el taburete del chofer a la banca de los músicos… a Pedro Pablo, como al Nojoda se veía como es debido: con la boca abierta, sí, señores. Y él se las creía. Juraba que era importante para todos sentarse a verlo pasar como al Nojoda, como a un orgullo porteño. Llevaba 40 años en esas y todavía tomaba como cierta la fingida admiración. Me imagino que tenía la esperanza frustrada de que no soltaran una carcajada estruendosa al alejarse y comenzara ese coro al perfecto unísono: ¡¡¡Pedro Pablo Pérez Páez, pequeño pintor porteño pinta porquerías para Puerto!!!

Y después de eso… ¡paticas pa qué te tengo! Tocaba acelerar más que Cuto cuando llegaba el cachaco. Pedro Pablo parecía pilosa pantera pa piedras tirar. Eso no quedaba nadie en cuestión de segundos. Cuando Pedro quería llegar a la esquina estaba solo con su soledad. Lo que no sabía era que la razón de tan fugaz desaparición era que todos nos metíamos en mi casa mientras lo veíamos corriendo la cortina de mi cuarto mientras sonaban esos carraspeos de garganta en los que se convierten las risas aguantadas que más risa dan. El pequeño pintor porteño, piedra pegada a la mano, gritaba: -“pelaos de chorizo, insectos, bacterias, sean varones y den la cara”. Más risa, más diversión.

Cuando se medio calmaba, daba tres vueltas en la esquina, tiraba las piedras contra el suelo con la misma promesa: -“¡juemadres, el día que los coja van a ver, van a ver!” No había terminado de cruzar, cuando todos salíamos a repetir la gracia. Y Pedro Pablo duraba más tiempo encendido en la esquina, los gritos más fuertes, las trompadas al aire, los madrazos, la impotencia. Por cierto, nunca faltaba el que pasara por ahí y se tomara el tiempo necesario para carbonearlo. Dentro de mi casa la fiesta era mayor, nos arrastrábamos de la risa, mientras el desgraciao de Pipilón aprovechaba pa robarse los bolis de coco que mi mamá me hacía para merendar por las tardes.

La regla decía que esa repelencia podíamos hacerla como máximo tres veces. Porque después era peligroso y, por más huevón que fuese Pedro, tampoco había que abusar. Convinimos que esta vez, nada de tercera, porque el Pollo no había podido aguantar la risa, todos nos fuimos de carcajadas y Pedro se dio cuenta de la jugada, dando brincos se asomaba por las ventanas tratando de ver qué era ese ruido estruendoso.

Pero el Pipilón, tan ocupado como andaba metiéndose un boli en las chilangas para comérslo después; ni se percató de que nos quedamos dentro y salió corriendo solo pa la esquina y gritó: Pedro Paaaa…. Hasta ahí llegó…. porque recibió un recto de derecha en la mandíbula con todo y piedra en mano que lo dejó know out por cinco minutos. Mientras gritaba su heroísmo el pequeño pintor porteño: -“cojan, nojoda, y que salgan los otros cincuenta que me los recibo de a cinco”. Eso sí, la próxima pasada por la esquina del pintor, todos serios, nadie gritó al verlo pasar, no se escuchó la conocida frase: “Pedro Pablo Pérez Páez pequeño pintor porteño pinta porquerías para Puerto…”.Lo que sí sucedió… fue que al terminar de pasar, se escuchó: Pedro pablo Pérez Páez pequeño peleador porteño pega poderosos puños… pobre Pipilón!!!

viernes 30 de julio de 2010

SECRETO

Los personajes son algo trivial en nuestras latitudes. Pululan. Son más que las personas que habitan un pueblo como Puerto Colombia, o bien como Soledad, Repelón o Piojó. Y parece que se multiplicaran en unas existencias colectivas. Tanto que parece describo almas repetidas que se esparcen por nuestros parajes.
Es más, aseguro que hay más personajes que personas, que gente. Sé que les parecerá una exageración, pero no… es así… tal cual. Pues resulta que el cabeza e puerco es el mismo mosquito rinconero¸ y uno y otro remoquete son perfectamente justos, porque este Jairo al que nadie conoce como Jairo, uno lo ve y sabe por qué cabezaepuerco y cuando lo escucha con su chillona voz, le queda claro por qué mosquito rinconero.
Y Jairo no es el único que tiene un buen par de sobrenombres; quizás el record guiness del pueblo lo tiene Cuto, del que ni la mamá recuerda el nombre de pila. Este tipo tiene un apodo para cada situación: el doctor guama por su carro verde, su vestido blanco y su piel negra; el lucero espiritual, porque nadie sabía dónde se escondía en las noches; el gato volador por la supuesta relación con la mujer del cachaco de la tienda que lo hacía volarse más de una paredilla; supermán¸ porque siempre estaba con el mismo disfraz. Y estaban los conocidos de todos: hierrito, iguanocabezón, el toyo, muelaecaimán, sabañón, calila, caredeo, peloerata, entre otros.
Y de todos los que puedo invitar a este espacio, escojo como personaje de hoy, a un tipo, camba muchachos, que es impresionante. Secreto, le decían. Era un tipo más bien bajito que siempre veía todo como si viviera en una azotea eternizada.
Nadie sabe cómo hacía, exactamente, pero conocía el más escondido secreto del pueblo, que ya dejaba serlo cuando él lo descubría. Aunque sospechamos que su éxito como insigne heraldo de la vida ajena, estaba en sus dos movimientos diarios: la recolección y la dispersión de la información.
En la mañana sabía dónde ponían las garzas y se iba tempranito a la inspección de policía. Ahí llegaban calientes los primeros chismes de peleas y demandas del día anterior. Una delicia para todo chismoso. Con ese placer extra de ser testigo ocular de viejas desgañitadas gritándose la vida subterránea de sus familias hasta la cuarta generación.
Después iba a la peluquería de Juancho Cayuco, otro sitio paradisíaco para el curioso -porque él decía que no era chismoso sino curioso- ahí llegaban los chismosos de élite al trueque de cuentos y datos. También acontecía que algún incauto se atrevía a abrir la boca para contar sus penurias mientras el oído mágico de Secreto se hacía el desentendido. Pero, qué va, todos sabíamos de su extraordinario talento para hacerse el loco, o el ocupado, pero con el rabito de la oreja retenía todo que estaba diciendo.
Luego, en la tarde, se iba a sentar en la esquina del sindicato. Ahí era el héroe y el dueño de todo. Ponía esa cara de sonrisa pícara y mirada rebuscona cuando tenía una bomba, esa salía después de que le mandaran alguna cerveza fría. Ah, preguntar costaba, el que pretendiera un chisme personalizado, debía pagar desde 500 hasta 5000 pesos, dependiendo de la gravedad del asunto o el detalle de la información.
Cuando terminaba de atender en la esquina, se iba a leer revistas al salón de belleza; era una peluquería de señoras, pero la que atendía tenía más pinta de macho que Juancho Cayuco. Sin embargo siempre estaba llena de viejas de la alta sociedad del pueblo. Había que verlas mirando por la ventana en el desespero porque no aparecía Secreto. Hasta que él llegaba y comenzaba una especie de guerra fría, él a quedarse callado ojeando las mismas revistas de tres años atrás, ellas a desentenderse de él entre jalones de pelo y gorros plásticos. Hasta que se paraba Secreto y decía: “me voy, hombe, aquí no brindan ná, ni pa que uno hable con tanto chisme bueno que hay…”. Y alguna caía en la trampa: “ay, niño, pide lo que quieras y habla que hace calor y esto se demora”.
Las viejas y los esquineros reproducían y alargaban lo dicho por Secreto, lo daban por cierto, lo creían, lo garantizaban. Le escuché una frase a la gorda de la peluquería: “mira, si lo dijo Secreto es verdá, yo le creo a él más que a Marcos Pérez, podrá ser chismoso pero inventor no é”.
Una vez estuvimos haciendo un maratón de chismes, yo había apostado con mis primos que Secreto podía hablar más de 4 horas de chismes sin repetir personajes o datos… me quedé corto, apenas sintió la primera fría en la mano, soltó una retahíla interminable en la que nos enteramos de vainas que jamás hubiéramos imaginado. Que con quién se acostaba la mamá del tendero, que quién había pagado la hipoteca de la viuda Suárez, que por qué se escondía en las noches Cuto, que quién se estaba robando la plata del puesto de salud, que a quién le giró el cheque para comprar los votos el alcalde actual, que de quién la hija blanca del negro Ruíz…
Eso sí, que quede claro, Secreto se repetía, quizás en lo único era en su frase final: “ojo, bellacos, que esta vaina es secreto y no se la vayan a contá a nadien”.

lunes 19 de julio de 2010

OTRO MUNDIAL

Murió hace cuatro años, pero hace poco lo vi caminando las calles de Puerto Colombia. Es, sin duda, uno de los personajes que dan un color distinto a los amarillos atardeceres de muelle. Camina como el bamboleo de las olas, como sin sentido, como sin rumbo, como sin ganas. Vestido siempre de blanco hasta los zapatos y con un cigarrillo siempre encendido entre dientes. El pelo descuidado con ese color ardilla de los que dejan que el sol, inclemente como es, les tueste sin inmutarse mientras fijan sus ojos en la nada de un mar sucio y agitado tratando de que algún incauto pez cambie su nombre por pescado. La piel tostada, escamosa, prieta. Pero con una sonrisa siempre abierta, sincera. Claro, el día que más abierta y sincera la vi aquel mes de agosto, hace más o menos mil cuatrocientos sesenta días. Lo pasearon en hombros desde su casa, ahí en toda la punta de la vuelta del oso hasta dejarlo con vítores y aplausos en la plaza con una media de media pagada por los asistentes. Ah, el oso, ese otro personaje que le dio nombre a la curva que abre la entrada al pueblo, del que algún otro día les contaré.

Ahí estaba su vieja llorando frente a un improvisado altar, t{ipico de los velorios de aquel entonces en el que la gente iba durante nueve noches seguidas a la casa del "dijunto", como decía mi abuelo, a tertuliar sobre la vida del muerto, en una especie de homenaje póstumo que rescataba entre sonrisas los jirones de existencia que arranca la muerte. Frente a la mesa vieja, de patas turbias y rústicas, habían puesto un mantel blanco que prestó el cachaco de la tienda, unas flores silvestres que arrancaron del jardín de la casa de "los calentaos", que ellos eran los hacendados del pueblo y billete había pa eso... pero comprar flores era demasiado caro y misia Justa, no tenía plata pa esas cosas. ¡Qué plata iba a habé, hombe -gritó Olegario- si estaban haciendo una vaca -como decimos a las recolectas- para cuando apareciera el muerto hubiera un cajón -así al ataud- en el que enterrarlo. Y en ese altar, una foto del muerto, cuando no estaba muerto, sino que estaba vivo abrazando a uno de sus amigotes en una rasca que se pegaron en el kiosko de la plaza; ¡y tocó poner esa foto, porque la gente se muere cuando uno no está preparado y ni una foto decente tiene pa poner en el altar! decía misía Justa. Y ahí estaban las mismas viejas rezanderas de siempre, que rezaban el rosario entre gritos de "shiooo... espanta la gallina esa que se caga la silla que es prestá" y que lloraban a gritos desgarradores "¡ayyyyy, si esto no es dolor que me digan que é!" y recomponían la voz para preguntar "mija, ya le diste chocolate a la señora Tulia, mira que después sale hablando de aquí"... y seguían con su llanto "ayyyyy... ".

Pues en eso estábamos todos, reescribiendo el anecdotario en el que se transforma la vida cuando uno se muere. Y contando el día que se sintió acusado injustamente por robarse las ventanas de la construcción de "La Urbanización" cuando El Papi, otro del que hablaré después, fue a su casa a preguntarle que si le vendía una ventana de alumnio a buen precio; a lo que respondío tajantemente que nunca había hecho tal cosa y que respetara; pero después preguntó que de qué grande la quería y pa cuándo.

Estábamos hasta que apareció el muerto, pero no vino con los pies por delante como se esperaba, sino por delante iba media -de media de media- qdel mal aguardiente que le quedaba y cayó de sus manos cuando vio las fatídicas bancas marrones de Sojumar que sólo salen para apostarse lúgubremente cuando hay un muerto en el pueblo, en cuya casa improvisan un escenario fúnebre. Este hombre gritó: ¡carajo, se murió mi mae... y yo borracho! Y corrió a la sala esperando ver el cadaver de su amada madre; pero lo que encontró fue viejas rezanderas que se pararon como volandor sin palo y volaron cercas con palos con la facilidad de adolescentes. Los que corrimos hacia la casa fuimos nosotros, los que estábamos fuera en las bancas de Sojumar.. por cierto, nunca supe en que quedó una anécdota del personaje en la que estaba tumbando un poste para sacarle las varillas y vendérselas a Pompilio que se dedicaba a la compra y venta de chatarra, la vaina iba en que llegó la policía y nuestro amigo estaba mona en mano, pero eso se embolató cuando el muerto entro vivo y corriendo... Y ahí llegamos, la vieja estaba prendida del hijo, las rezanderas desperdigadas cuadras a la redonda, sólo quedó la gorda justina que no pudo volarse la cerca y se metió en la alberca prendida del rosario a gritos de padrenuestros alrevés, dos horas y media convenciéndola y tres más sacándola estuvimos esa noche asomados en la alberca. Bueno, los que nos quedamos, los otros se fueron con Mundial, como quedó bautizado el personaje, rumbo a la plaza entre vítores y vivas por el héroe resucitado. Hasta que, al siguiente día, volvió a ser tan normal y cotidiano como el enjambre de personajes que habitan mi pueblo.

jueves 15 de julio de 2010

Historias de locura

Estamos envueltos por la magia de nuestro caribe. Es una delicia vivir aquí. La asombrosa cotidianidad de este lugar tiene un halo especial. Esta tierra pare historias día tras día. Aquí levantas una piedra y aparece un relato sorprendente. En este universo no es noticia ver un aguacero de julio, ni en él a tres tipos montados en una moto mientras van resguardándose de la lluvia paraguas en mano surcando veloces la distancia entre el billar y sus casas.
Hace poco, un amigo, sabio y prudente comentarista de fútbol, me hizo recordar que aquí me muevo y existo, en este paraíso de excentricidades y acontecimientos únicos.
Mi amigo, hombre mesurado y tranquilo regularmente; anudó el hoy con un personaje de mi infancia. Ella, Eneida, una enorme morena tan excéntrica como el caribe todo. Una que nos invitaba a su casa para mostrar su alcurnia, su prospera situación y su prestigio de magnífica anfitriona. Y es que no era para menos, Eneida era dueña del único Betamax de la cuadra, quizás del pueblo, esa fabulosa máquina de convertir la casa en un cine! Y allí, crispetas hechas de millo en mano, ponía las películas de acción que le daba la gana que viéramos, siempre de Bruce Lee, Jackie Chan y los clásicos de Charles Bronson.
En la sala, nosotros, perfectamente advertidos: "pelaos de carajo, cuidao me van a dañá algo porque los echo y no vienen más a ver cine aquí"; nos reuníamos todos los chicos del barrio.
El único adulto invitado a la cita era ella; sentada en su poltrona de mimbre dirigía todo, desde dónde nos sentábamos ubicados segun su gusto... hasta cuándo debíamos hundir el botoncito de play, privilegio que ganábamos después de hacerle los mandados que necesitaba. Había que ver que se sudaba para ganar ese derecho.
Pero lo más divertido de este encuentro para mí, no eran los chistes previos de los que se encargaba el Pollo Altahona, ni los chismes con los que algunos se ganaban la entrada, ni la película misma alquilada en el chuzo de Chago que las traía de contrabando con pésima imagen. Lo divertido era ver a Eneida gritarle al "chacho" (así llamábamos al protagonista) lo que iba a suceder: "oye, niño, pila que te tan esperando"... "ay, mi mae, voltea, voltea que te matan mejoñe"... "atrás de ti, atrás de ti"... Eso sí que era divertido, esos gritos que pegaba y la consabida gesticulación. Ni se imaginan cómo saltaba de la poltrona de mimbre, sacudía los pies, pegaba palmadas, metía gritos... y si estaba alguno al alcance de su mano le pegaba su remezón.
Pues mi amigo, Javier Castell, me hizo recordar a Eneida en el partido de la semifinal del Mundial 2010 entre España y Alemania. Gesticulaba en estado de alboroto emocional, gritaba al televisor dándole indicaciones sobre los movimientos que debían hacer los jugadores españoles, que ¡cómo no! obedecían al instante sus advertencias y propuestas futbolísticas... y es que daba gusto oírlo gritan: "te cojen", "abre, abre", y lo mejor, chiflarle al español cuando un jugador alemán caía a sus espaldas.
El profesor Castell mostró una cara humana, muy humana, tanto que mostró que uno puede abdicar de la inteligencia y la brillantez para convertirse en un tipo que le grita al televisor

martes 6 de julio de 2010

La semana pasada me mandé un artículo ¨distinto¨. Una mezcla de ironía y justificaciones filosóficas para dar razón de mi hinchada, harto conocida, por Argentina en el mundial y algunas burlillas que se habían hecho al respecto de ella. Hoy, esta hinchada me ha significado algunas burlas y demás comentarios satíricos, luego de la eliminación humillante a manos de los teutones por cuatro goles a cero. Muchos sentían mi gusto por esta selección como una especie de ofensa personal; como si fuese un pecado terrible. La justificación general: ellos son prepotentes, "alzados", agrandados, soberbios, etc. "Ellos", los argentinos, se creen mejores que todos, hablan mucho, son orgullosos, etc. Y entre tanta etcétera, creo que el sentimiento general está comprendido. Sin embargo, yo quisiera que pensáramos algunas cosas, y ya no al respecto de este caso puntual, sobre las visiones de los demás que tenemos.

1. Generalizaciones. Seguramente algunos argentinos son agrandados, soberbios, orgullosos o se creerás más que todos; es cierto. Pero no son todos, no pueden ser todos. Y con uno de ellos, entre millones, que no lo sea, entonces ya no se puede decir que son "todos". Pilas, porque las generalizaciones son terribles, le restan crédito a nuestros argumentos y nos llevan a juzgar mal a los otros. Esas dos palabritas "nunca" y "siempre", regularmente no calzan con la realidad. No todas las mujeres son malas conductoras, ni todos los hombres machistas, ni todos los costeños mal vestidos, ni todos los argentinos agrandados.

2. Odios sin razones de peso. El desconocimiento del otro, las suposiciones, las oidas, los comentarios que tomamos por ciertos, etc. Nos llevan a creer que vale la pena odiar a otros, sin siquiera conocerlos, sin tener razones válidas. Y la gente se radicaliza tanto en su odio, que pierde cualquier posibilidad de ver la realidad de un modo distinto, porque están enfocados en resaltar lo malo sin reconocerle nada al odiado. Una verdad: hasta los enemigos tienen bondades. Otra: cuando me vuelvo enemigo, me vuelvo poco inteligente.

3. Alegría por el dolor ajeno. Creo que aquí hay una muestra suficientemente fuerte para saber cómo está mi corazón, en qué tipo de persona me he dejado convertir por mi lógica de odio. Deshumanizar mi ser no puede ser algo tolerable para mí, eso no debería ser negociable.

4. Incapacidad de aceptación. El mundo, la gente, la vida, las relaciones, nada es como yo lo quisiera al 100%, no existe una realidad perfecta que pueda fabricar de mi capricho y se cumpla tal cual. Los otros tienen gustos diferentes a los míos y eso no tendría por qué afectarme u ofenderme. Los demás tienen deseos que no son los míos y eso no significa que me desprecien o me valoren poco; simplemente son distintos y tienen derecho a serlo; es más, es una delicia que lo sean.

Podríamos seguir enumerando infinitamente actitudes equivocadas y contraproducentes contra mi propia felicidad. Pero me gustaría que tuvieras esta cuatro para reflexionarlas un poco. Un abrazo enorme.

Hollman Javier

lunes 28 de junio de 2010

Un remedio para óptica obtusa

Por ahí un amigo, de esos que escribe y habla, de aquello que escriben y hablan los parroquianos en los estertores del domingo y las parroquianas al fragor de esa tarea doméstica de apacentar los polvorines y los basurales que se suelen comfabular frente a sus amplias casas. Conocedor de los mundillos futbolísticos y versado en temáticas, tácticas y anéctodas del mundo redonde detrás de la redonda número 5; pero con obvias y groseras falencias en lo que concierne a debates filosóficos sobre la sociedad o, bien podrían ser, sobre debates sociales acerca de la filosofía, en un mundo en el que cabe la complejidad que nos señalo Edgar Morin.
Este amigo del que les hablo, ocupado como estaba aprendiendo el nuevo arte de realizar crónicas de viaje para un periódico de la ciudad; que, al parecer, le mandó realizar este trabajo. Cosa inentendible porque el tipo sabe de fútbol, pero vaya usted a saber las intrínsecas motivaciones que hubo, contra todo pronóstico, sacrificó su gusto por ese juego de once contra once, abdicando en su análisis del conocido balón, por intentar la creación de bellos y costumbristas relatos sobre la idiosincrasia y las traidiciones orales, escritas y culturales del país más occidental del Africa en lo cultural.
A este amigo, al que no se le cocinan las ideas sobre globolocalización, integración, aldeas globales, fragmentación de la realidad, tradición de la ruptura , pensamiento débil, transcultura y demás; hay que atenuar, sin que sea mortal culpa de nuestro hombre en mención, que no tiene idea que el Dasein no es jugador del Ajax del 98, sino un concepto heideggeriano sobre el que harto se ha discutido y podría iluminarle en posteriores discertaciones sobre el ser y el estar de los individuos en la cultura. Y es que no es de mala leche que este hombre no ha podido comprender que vivimos en un mundo donde el simplismo ya no cabe pues sus interpretaciones de la realidad son tan inocentes que aburrirían en Cartoon Network.
Mi amigo, no ha tenido tiempo de pensar en que su estructura de pensamiento posee una marcada tendencia premoderna en la que era imposible vivir fuera de los límites del mundillo delimitado por las pisadas y los olores. Universo chico el que los hombres estaban atrapados sin remedio en un universo plano y sin la simultaneidad del ser y del estar que causan la televisión y la internet.
Mas hoy esto no acontece, pues vivimos con nuevos paradigmas que revolucionaron abruptamente, las maneras de producir, interpretar y asimilar el conocimiento. Aclaro que todo esto sin que mi amigo se haya enterado, fue a sus espaldas.
Y eso se le debe perdonar, a este amigo mío, porque no debemos caer en la tentación, en la exageración, de exigirle a todo el mundo que sea capaz de pensar en lo que piensa (Kant) – es decir, que se haga sujeto y objeto del propio análisis crítico-, ni tampoco que haga el ejercicio de descubrir los intereses (Habermas)detrás de lo que piensa y lo que dice.
Pero esta anacrónica postura de mi amigo, me hizo recordar una discusión de un paisano, que arengaba diciendo que nuestra educación no servía para nada –cosa que no entro a discutir- porque él había aprendido matemáticas bien aprendidas, y es que le tocó aprender a contar con granos de maíz y ahora sabe sacar cuentas perfectamente, sin tener que recurrir a la calculadora, pero “estos pelaos”, así decía, sin ese aparato no pueden saber cuánto es 14 más 47. Sólo le pregunté si sabía googlear información y me dijo que ¿qué era eso? No se dio cuenta de la ironía, como suele suceder, y siguió arengando sus trovas de que todo tiempo pasado fue mejor; mientras seguía avanzando el mundo del internet, de la virtualidad, de los centros comerciales y la unidad cultural, seguimos viviendo en la sociedad de lo inmediato y En esta sociedad de las telecomunicaciones que hace de la información un hecho distinto… estoy seguro que el analfabeto de los granos de maíz, sufre un poco más, que el esclavo de la calculadora.
En este estadio del desarrollo humano, tanto en tecnologías como en percepciones del ser y el actuar de los sujetos y sus intereacciones, pretender que existan fronteras obtusas es igual a imaginar a mis hijos aprendiendo a contar con maices. Y que pueda ver partidos del Real Madrid desde mi casa, en alta definición y sin perderme ninguno, sin que asista al estadio no me hace menos seguidor del equipo que aquel que estando en la misma ciudad oye por radio los partidos –en muy mediocres medios, por cierto, salvo alguno por ahí- y los ve cuando son trasmitidos por cables locales. Ah, ya me imagino el argumento en contra, ese que es incapaz de entender que me puede gustar un equipo y no las multitudes agolpadas alrededor de una cancha y que eso me desmerece como hincha. También soy consciente de la creatividad del argumento poco profundo. Lo cierto es que hoy se puede estar sin estar, ser de aquí y de allá, enterarme de lo que sucede del otro lado del planeta y vivir con pasión un partido que se juega a miles de kilómetros.
Señor Gabriel, le presento al fenómeno de la globalización, mucho gusto.

lunes 8 de marzo de 2010

Nuevas luchas, viejos resultados

No sé si es una terca condición, ni si es una incapacidad de negarme a participar en la lucha desigual. Lo cierto es que los sábados, hemos iniciado una experiencia competitiva en la que siempre llevamos las de perder, llevamos sí, nosotros, los del equipo Alterno de la emisora Minuto de Dios, Barranquilla.

Van tres sábados ya... los tres con resultados adversos.... y creo que seguirán. Cuando mejor nos va, no alcanzamos a ganar. Sin embargo ahí estamos, dispuestos a saltar a la cancha con la esperanza renovada cada vez que el reloj marca las 4:00 de la tarde. Tenemos jugadores menos capacitados, con menor estado físico y sabemos que ellos cuentan con un exjugador profesional que hace por un equipo completo. Pero vamos a la batalla y lo hacemos con dignidad y fortaleza. Si perderemos, seguramente así será, es una posibilidad que se nos olvida cuando saltamos al gramado artificial.

Ustedes pensarán por qué estoy hablando de fútbol ahora. Pues les aclaro, porque como diría un amigo: "es una metáfora de la vida". Tú también tienes batallas por perder. Pero es mejor perderlas a esconderse y vivir con miedo. Cada uno de nosotros ha tenido que morder el polvo de la derrota, pero eso no debe acobardarnos; hay que luchar, contra los enemigos grandes, contra los que tienen más, contra los que pueden más, contra los que nos vencerán. Y debemos cultivar la esperanza de la victoria, mirar siempre adelante con certeza de que la victoria es posible. Algún día llegará, algún día pasará, pero sólo si lo sigues intentando; el que lucha puede perder, pero el que no lucha jamás ganará. Ante tus enemigos de siempre sigues peleando; esa actitud que te gana, ese vicio que no vences, ese pensamiento que te asalta, etc. Enemigos grandes o que hemos agrandado, da igual; pero que hay que seguir tratando de vencer. Quizá llegará tarde o quizá temprano, pero habrá una victoria para ti, podrás vencer.

Yo seguiré esperando el sábado aquel, en el que pueda cantar victoria... tú seguirás en la lucha en la que seguramente cantarás la victoria del Señor en tu vida...